miércoles, 30 de diciembre de 2015

Diferenciar es algo muy importante!!!!!!

En Ecuador muy pocos entienden el concepto de Machismo, entonces, esperando que esto no suceda en otros lados, estableceremos diferencias entre: Machismo, Violencia y Sadismo.

Definamos conceptos:

El machismo, expresión derivada de la palabra "macho", se define en el Diccionario de la lengua española como la "actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres".




Prepotencia Persona más poderosa que otras o persona muy poderosa, que abusa de su poder o hace alarde de este.

También hay una definición un tanto errónea que creo que es el meollo de la absurda guerra de sexos a la que hemos llegado después de una justa lucha -ya ganada hasta el momento- por igualdad de oportunidades.





Algunos movimientos feministas lo define el conjunto de actitudes y prácticas en que las mujeres son sometidas o discriminadas"

Discriminar Es Separar o formar grupos de personas a partir de criterios determinados.

La frase mal utilizada es:
Someter Sujetar a dominio o autoridad a una o más personas. Mostrar algo a alguien para que dé su opinión sobre ello.

La palabra someter no tiene nada que ver con discriminar, y su significado se ha tergiversado a partir de gente resentida a todo tipo de autoridad.
Las presidencias, o autoridades presidentes son importantes para toda sociedad sana. Por ejemplo, si la graficamos en su área de representación más común: el hogar: El padre en su deber de presidir con rectitud tomará su papel como moderador ante conflictos o como voz y voto final para la toma de decisiones, sin pasar por alto la norma del común acuerdo en el que adicional a su cónyugue, incluso los hijos -si los hubiere- deberían tener voz y voto en ello.




Conceptos erróneos de la campaña Reacciona Ecuador: 

* Un Abusador sexual no es un machista, es un ¨ sadico sexual o trastornado sexual ¨, segun definición del DSM-IV (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales)

* Violencia o Maltrato NO es machismo La violencia es el tipo de interacción humana que, de forma deliberada, provocan, o amenazan con hacerlo, un daño o sometimiento grave (físico o psicológico) a un individuo o una colectividad -no son síntomas ni características en la definición oficial y etimológica del machismo

martes, 29 de diciembre de 2015

¿Qué es el machismo y de dónde proviene?

El machismo es un conjunto de creencias, costumbres y actitudes que sostienen que el hombre es superior a la mujer en inteligencia, fuerza y capacidad. Es decir, asignan a las mujeres características de inferioridad. Por lo tanto quienes creen en el machismo o han sido educados en él, consideran que es el hombre quien tiene poder de decisión y elección, quien puede mandar y ordenar, conquistar y proponer en las relaciones afectivas y sexuales, quien debe recibir mayor retribución económica, entre otras creencias. Además, consideran que hay oficios para hombres y otros para mujeres, así como actividades exclusivas para hombres, por eso es usual escuchar que el hombre no debe asumir tareas del hogar (barrer, cocinar, planchar…) y que las mujeres no deben realizar tareas que impliquen el uso de la fuerza. 
machismoLas creencias machistas han pasado de generación en generación y por eso aún hoy muchas personas en distintas sociedades y culturas las conservan e incluso las ven como algo normal. En otros casos, el machismo ha permeado tanto la educación escolar, familiar y los medios de comunicación, que no se ve como una creencia sino como algo natural, es decir, se asume que biológicamente las mujeres son frágiles, dependientes e incapaces para desarrollar determinados trabajos u oficios. Sin embargo, muchas otras sociedades han relegado el machismo e intentan tener relaciones equitativas entre hombres y mujeres.
Por tratarse de una idea creada por las personas y la cultura, el machismo puede transformarse; pues hombres y mujeres tienen los mismos derechos y por lo tanto deben gozar de las mismas oportunidades.

lunes, 28 de diciembre de 2015


MACHISMO

El machismo es difícil de definir, pero casi todos lo reconocemos. Las mujeres, sobre todo, lo experimentan en muchas ocasiones, aunque a veces creen que se trata de un problema personal de sus parejas, colegas o jefes. Tratan de justificarlos: “Es un poco brusco”, “Es muy exigente”, o bien, “Tiene un carácter muy fuerte”. Con frecuencia apelan a teorías psicológicas para explicarse las conductas de los hombres: “Es que tuvo un papá muy distante”, “Su mamá fue muy dura con el y por eso desconfía de las mujeres”, o “Tiene problemas de comunicación”. Y a veces concluyen, con una mezcla de humor y resignación: “Es que así son los hombres”

Quienes originan todos estos comentarios no captan cual es el problema. Piensan estar siempre en lo correcto, y se preguntan por que las mujeres no ven las cosas como ellos. Y exclaman con una risa perpleja: “es que nadie entiende a las mujeres”. Si se les habla del machismo, responden con sorpresa autentica: “Pero si yo no soy machista! Al contrario, creo que las mujeres deben estudiar y trabajar, y yo a mi esposa la dejo hacer todo lo que quiera”. Y, después de una pausa, añaden: “Claro, mientras no me falte al respeto” o “Mientras no descuide la casa”.

El machismo no significa necesariamente que el hombre golpee a la mujer, ni que la encierre en su casa. Se expresa de igual manera en una actitud mas o menos automática hacia los demás; no solo hacia las mujeres, sino también hacia los demás hombres, os niños, los subordinados. Puede manifestarse solo con la mirada, los gestos o la falta de atención. Pero la persona que esta del otro lado lo percibe con toda claridad y se siente disminuida, retada o ignorada. No hubo violencia, regaño ni disputa; pero se estableció, como por arte de magia, una relación desigual en la que alguien quedo arriba y alguien abajo.

El machismo es un conjunto de creencias, actitudes y conductas que descansan sobre dos ideas básicas: por un lado, la polarización de los sexos, por otro, la superioridad de lo masculino en las áreas consideradas importantes por los hombres.

Solemos pensar que el machismo solo se da entre hombres y mujeres, sobre todo en la relación de pareja. Pero es mucho mas que eso: constituye toda una constelación de valores y patrones de conducta que afecta todas las relaciones interpersonales, el amor y el sexo, la amistad y el trabajo, el tiempo libre y la política…. 

Este conjunto incluye la pretensión del dominio sobre los demás, especialmente as mujeres; la rivalidad entre los hombres; la búsqueda de conquistas sexuales múltiples; la necesidad constante de exhibir ciertos rasgos supuestamente viriles como el valor y la indiferencia al dolor, y un desprecio mas o menos abierto hacia los valores considerados femeninos. Asimismo, el alcoholismo, la violencia y la delincuencia probablemente puedan vincularse con el machismo, aunque por el momento no tengamos los elementos para establecer una relación causal exacta.

Un machismo menos invisible

Podríamos pensar que el machismo esta desapareciendo poco a poco, merced a los grandes cambios socioeconómicos y culturares de las ultimas décadas. La industrialización, la urbanización, la anticoncepción, la disminución de las tasas de fertilidad, el numero cada vez mayor de mujeres que estudian y trabajan y el feminismo han tenido un impacto indudable en las relaciones tradicionales entre los sexos.

De hecho, muchos hombres proclaman, con orgullo y perfecta sinceridad, que no son machistas. Pero su discurso queda desmentido por las realidades de su vida cotidiana. Por ejemplo, cuando uno de ellos afirma que “le permite”a su mujer trabajar o salir con sus amigas, no se percata, como tampoco ella en muchos casos, de que esta formulación sigue siendo esencialmente machista.

El machismo esta tan profundamente arraigado en las costumbres y el discurso que se ha vuelto casi invisible cuando no despliega sus formas mas flagantes, como el maltrato físico o el abuso verbal. Sin embargo, sigue presente en casi todos los aspectos de la vida cotidiana de hombres y mujeres. El machismo actual opera tras las aprariencias, en detalles que tal vez parezcan anodinos pero que revelan un juego de poder importante, detalles pequeños que conllevan consecuencias grandes.

La oposición entre hombres y mujeres

La postura machista no solo implica una supuesta superioridad masculina, en todas las áreas importantes para los hombres. Tampoco se limita a postular una serie de diferencias entre los sexos.  El machismo plantea una diferencia psicológica radical entre hombres y mujeres, a partir de la cual plantea roles exclusivos en todos los ámbitos. En este enfoque, las personas son aptas o no en ciertas áreas de estudio u ocupaciones, e incluso se permiten ciertas emociones y otras no, con base en su sexo y no en sus características individuales. Por ejemplo, según esta visión, los hombres no son capaces de cuidar a un bebe y las mujeres no pueden ser buenas ingenieras o directoras de orquesta.

El machismo plantea una lucha de poder entre los sexos en cuyos terrenos los hombres y mujeres, lejos de ayudarse, se estorban: no se permite vivir en libertad, actuar en forma espontánea ni desarrollarse en plenitud, porque unos y otras tienen ideas y expectativas sumamente rígidas acerca de cómo debe ser su contraparte. Ellos intentan moldearlas a su gusto, y desconfían de ellas si no lo logran, ellas, por su parte, los vigilan, los critican continuamente en intentan a su vez, reformarlos. Mas que diferentes, a menudo quedan atrapados en posiciones antagonicas. En esta dinámica, el machismo empobrece a unos y otras por igual y convierte en un juego interpersonal en el cual nadie gana y todos pierden.

No es necesario ser hombre para ser machista: muchas mujeres también lo son, en una amplia variedad de contextos y roles – como madres, hermanas, hijas, amigas, jefas y colegas-. Se han insistido en que todo hombre machista tuvo una madre que lo crió. Pero las madres no son las únicas responsables; infinidad de mujeres en todos los ámbitos, muchas veces sin darse cuenta, siguen promoviendo y alimentando el machismo a lo largo del ciclo vital. Por ello, hemos de hablar de una responsabilidad compartida y muchas veces invisible para quienes la cargan.=

miércoles, 23 de diciembre de 2015

El machismo de todos nosotros.

El lenguaje no puede reparar los estragos del machismo y, si se le encomiendapolíticamente esa función con carácter coactivo, el machismo seguirá vivo, pero el lenguaje se degradará.

Esa es, a mi juicio, la conclusión esencial del informe de Ignacio Bosque, suscrito por todos los académicos de la Lengua asistentes a la sesión del 1 de marzo de 2012. Mi intención inicial era abandonar rápidamente el tema del lenguaje y pasar al de las conductas machistas, pero no debo hacerlo sin decir tres cosas. En primer lugar, el informe de Ignacio Bosque me parece irreprochable, fundado y meritorio, porque ha desmontado pieza a pieza muchos tópicos de corrección político-lingüística, con un temple y un respeto formal dignos de admiración, y reorienta implícitamente el núcleo de la lucha contra el machismo al ámbito extralingüístico o, como mínimo, demuestra los límites intrínsecos del lenguaje como instrumento supuestamente facilón de lucha contra el machismo.

En segundo lugar, considero que combatir el machismo con el lenguaje tiene mejores caminos que la duplicación robótica del masculino y el femenino a la que tanto amor aparente demuestran los propagandistas de la corrección política. Son los mismos que dejan de lado el tema fundamental de las formas no marcadas, perfectamente explicadas por el académico Pedro Álvarez de Miranda en un excelente artículo en El País, cuando intentan balbucear en esa especie de lenguaje duplicado y binario, ortopédicamente superpuesto a lo que llamamos idioma a secas. Siempre que estén las cámaras o el público delante, porque me cuesta un poquito creer que en la intimidad aznariana se digan uno a otro: “¿Qué les damos de cenar hoy a los niños y niñas?” o “No sabes lo revoltosos y revoltosas que han estado esta tarde los niños y niñas con sus amigos y amigas”. Y lo dudo por una razón empírica: hablar como ellos proponen es imposible si a uno no le enseñan desde la cuna (y habría que verlo).

Tercero. Les propongo una pesadilla. Imagínense que el genio del idioma decidiera darles la razón a los prescriptores del lenguaje o/a y, por arte de magia, todos los libros de sus bibliotecas personales se metamorfosearan y quedaran reescritos en o/a.¿No se lo pensarían dos veces antes de releer sus libros más queridos? Acabaríamos con los bosques y con los bytes, y, además, yo creo que no lo superaría. O, bajando a tierra, ¿se imaginan estar media hora viendo su serie favorita en televisión o siguiendo el debate sobre el estado de la nación en lenguaje o/a? Me rindo de antemano. Llámenme machista, que ya es llamar, pero, por favor, no me obliguen a pasar por ese trance.

En definitiva, el informe de la Academia ha puesto en el candelero el lenguaje y su compleja relación con el machismo, y ha demostrado que la alternativa o/a no es ninguna solución, sino un estrafalario problema sin solución. Con todo, si queremos analizar el tema del machismo de forma más eficaz, creo que debemos apuntar a otro lado: las conductas machistas no percibidas como tales.

Y a ello voy, al machismo de todos nosotros, a ese que comparte con las bacterias y los anuncios navideños de perfumes al menos dos características: la ubicuidad y la aparente imposibilidad de ser erradicado. De hecho, milenios de historia destilan la desalentadora duda metafísica sobre su extirpación, habida cuenta de nuestra diferenciación sexual. Ahora bien, pasar de la dificultad de su eliminación a la imposibilidad de una sustancial reducción es un salto demasiado obsceno que solo se atreven a dar quienes sacan partido de él (generalmente, pero no solo, hombres).

Debo reconocer que no conozco a nadie inmune al machismo en cualquiera de sus manifestaciones, lo que constituye un mal punto de partida para un artículo sobre el asunto. En primer lugar, por el reconocimiento implícito de culpa que conlleva, y, a renglón seguido, por el estupor que producirá esa afirmación en los hombres que no se consideran machistas, previsiblemente los únicos con un mínimo interés por seguir leyendo. A las mujeres, que, en mi opinión, no están menos expuestas al virus que los hombres, les presupongo un grado de interés superior y, modestamente, considero útil que aprovechen la oportunidad para contrastar las ideas de un hombre sobre esa epidemia que tantos estragos nos produce como civilización.

El diagnóstico de las actitudes machistas tropieza de entrada con dificultades nada despreciables que complican la lucha contra ellas. La fundamental es que el machismo adopta muchas formas conceptualmente hablando: puede ser un tipo de personalidad más o menos normalizada, un catálogo de conductas determinadas, una ideología social, una concepción biológico-supremacista del mundo, una desviación patológica de la personalidad, una forma arrogante y despreciativa de hablar, una vulgar escusa para conseguir determinados fines egoístas e incluso una lamentable expresión del miedo al diferente, a un diferente cuyos códigos no dominamos porque no nos hemos molestado en captarlos y analizarlos. Seguramente el machismo se puede describir de unas cuantas maneras, pero una en la que deberíamos coincidir es la negación de la igualdad de derechos y obligaciones, y consecuentemente, del derecho a la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres.

La evolución social lo ha convertido en algo inconveniente en su formato más descarnado, pero no tanto en su versión refinada (la que a veces se disfraza de pseudodeferencia hacia la mujer). En otras palabras, el machismo es políticamente muy incorrecto, lo que tiene su buena cara, que poca gente alardea de él por cierto nivel de presión social, pero también su cruz, que muchas personas han aprendido a practicarlo o soportarlo en la intimidad, lo que hace más complejo detectarlo y combatirlo.

Esta es la segunda gran dificultad, porque nuestra experiencia cotidiana, sobre todo en los ámbitos urbanos del primer mundo, demuestra que no se encuentra así como así a alguien que haga autocrítica y propósito de la enmienda respecto a su propia mentalidad o actitudes machistas. Somos conscientes de lo mal que hablamos inglés, del poco ejercicio que hacemos, de lo desconsiderados que somos con nuestra abuela o de tantas otras cuestiones que nos provocan los mejores propósitos de año nuevo, pero qué improbable es oír a alguien: “Tengo que intentar cambiar esta parte de mi mentalidad, porque es machista”. Es un mea culpa que jamás he oído, y claro que conozco a decenas de machistas, la mayor parte de ellos camuflados.

Hay otra peculiaridad que, si nos ceñimos estrictamente a las relaciones de pareja, complica el diagnóstico y las medidas terapéuticas. La confianza mutua para pedir favores serviciales, la disponibilidad semigenéticamente asumida por muchas mujeres, la intencionada tolerancia con las carencias del hombre, y la propia intimidad de la relación no son un caldo de cultivo adecuado para propiciar medidas correctoras. En estos casos, las consecuencias son particularmente lamentables, pues, al daño infligido en el círculo reducido de la pareja se suma a menudo el ponzoñoso ejemplo dado a los hijos. Todo el mundo sabe que se aprende infinitamente mejor lo que se ve que lo que se oye, así que no hay que extenderse mucho en la explicación acerca de cómo un ejemplo de machismo familiar puede degradar la mentalidad de un niño. No es una regla matemática, pero sí un riesgo considerable.

El retrato del machista es fácil de hacer en términos de caricatura o en su versión más cruda, la de aquel que hace ostentación de su compacta ideología hostil hacia las mujeres, de su desprecio hacia el otro sexo. Quien más quien menos conoce a uno de estos ejemplares zoológicos, y no aportaría mucho caracterizarlos ahora. No es mi objetivo hacer una académica disección de estos cavernícolas frente a los que casi todos tenemos sistemas de alerta. Soy consciente de que suena cínico, e incluso cruel, pero, exclusión hecha de los aspirantes a asesinos y maltratadores, aquellos son los que menos me preocupan. Son dinosaurios que acabarán extinguiéndose si no evolucionan, aunque cualquier tiempo que tarden en extinguirse es demasiado largo.

Aparte de los asesinos y maltratadores, los que me preocupan de verdad son los machistas evolucionados. Y también las mujeres instaladas en unas desiguales relaciones machistas que, por algún motivo, no tienen mayor interés en redefinir. Estas últimas podrían ser motivo de otra reflexión, porque creo que sería confuso mezclar estas dos categorías y, habida cuenta de que  hacen mucho más daño los verdugos enmascarados que las víctimas conformistas, me centraré en esos hombres que llamo machistas evolucionados y que, en mi opinión, pueden ser de dos clases: los que saben que lo son, pero se camuflan habilidosamente, y los que no saben que lo son, porque carecen de sensibilidad para observar sus propios síntomas.

Ambas categorías suelen ampararse, con mayor o menor intensidad, pero con cierta frecuencia, en el estupefaciente argumento de que las cosas son así porque siempre han sido así. Idea que, llevada a sus consecuencias más radicales, podrían convertir el cinturón de castidad de la Edad Media en una realidad más revolucionaria que la píldora anticonceptiva. Porque, visto desde Atapuerca o Altamira, el cinturón en cuestión era una hipótesis incierta. Así que cuando oigo que las cosas siempre han sido así, no es que me acuerde de Kant, con su disquisición sobre el “ser” y el “deber ser”, pero se me pone una cara de “¿yyyyyyyyyyyyyy?” que no consigo disimular.

Otro argumento de similar consistencia es el de que “los hombres y las mujeres nunca hemos sido iguales y nunca lo seremos, gracias a Dios”. Es un burdo intento de ocultar una idea repulsiva y evolutivamente suicida (“los hombres somos superiores”) bajo una expresión supuestamente neutral (“no somos iguales, luego cada uno tiene sus características”). Aún no he descubierto a ningún usuario de este argumento que lo emplee para justificar algo que beneficie, quite trabajo o ayude a una mujer a liberarse de una carga.

Me parece necesario que todos tengamos los sistemas de alerta activados para que, cuando nos dejemos llevar por comportamientos machistas, o cuando los observemos, seamos capaces de reaccionar. Esto me ha llevado a elaborar un catálogo de 57 conductas ante las cuales creo que debemos de encender el piloto rojo y actuar en consecuencia. Sería más lucido articular teorías antropológicas, sociológicas, psicológicas, históricas y todo lo que queramos añadir, pero me parece más práctico bajar al terreno y enumerar conductas que demuestran un enfoque machista, más o menos burdo o refinado.

Hombres en minifalda marchan contra violencia machista en Turquía.


Cientos de hombres marcharon hoy junto a las mujeres en una manifestación contra la violencia machista en Estambul aunque sólo una veintena de "valientes" llevaron a la práctica la consigna de vestir minifalda para denunciar el sexismo.
"Es difícil para los hombres hacerlo", admite en conversación con Efe el estudiante Bulut Aslan. Él sí va ataviado con una falda gris hasta las rodillas y un gran cartel con la frase "Paso de ser hombre. Soy humano".
"Desde pequeños nos educan en el sexismo. Y al igual que a las niñas se les enseña que lo suyo es la casa, la cocina, los hijos, a los chicos se les enseña que deben ser duros, viriles... Es un problema para ambos", reflexiona.
"Desde luego, las mujeres se llevan la peor parte, pero los hombres también debemos superar el sexismo que nos asigna un rol concreto en la sociedad", insiste Aslan.
Como él piensa Hasan Mertoglu, también vestido con falda: "La educación nos enseña a poner a la mujer siempre en segundo lugar, es una mentalidad que se promueve desde el Gobierno. Vestirse como una mujer cuesta, porque a un hombre no se le supone que se pueda parecer a una mujer. Pero debemos reivindicar que somos iguales".
Violada y asesinada
La manifestación es una más de las decenas de protestas que se han registrado en Turquía en los últimos diez días, a raíz del asesinato de la estudiante Özgecan Aslan, el 11 de febrero pasado, a manos de un conductor de minibús que intentó violarla.
El crimen provocó una oleada de indignación enorme en Turquía, un país de 76 millones de habitantes donde el año pasado murieron 281 mujeres víctimas de asesinatos con motivo machista.
En dos de cada tres crímenes, el asesino fue el marido, exmarido, novio o pretendiente de la víctima.
La amplitud de la reacción contra el asesinato de Özgecan es que no se pudo encontrar ninguno de los pretextos habituales con los que parte de la sociedad justifica o disculpa las agresiones machistas, como explicó a Efe la feminista Aysun Eyrek.
La muchacha no había bebido alcohol, el asesino no era su novio, ella no se había aventurado a la calle sola de noche y ni siquiera llevaba minifalda, detalló.
Esta idea, que la minifalda excusa o al menos explica el acoso o los intentos de violación, forma parte de la mentalidad patriarcal contra la que protestaron hoy los hombres en la marcha de Estambul.
"No hay ningún pretexto para el acoso", rezaba uno de los muchos carteles en la marcha, junto a otros que exigían cadena perpetua para estos asesinos o denunciaban que "el hombre dispara, (y) la Justicia lo protege".
En los últimos días, internet bullía de denuncias sobre condenas livianas a hombres agresores o reducidas porque los asesinos confesos mostraban "buena conducta" durante el juicio.
"Los juicios deben hacerse sin medias tintas", exige Eyrek. "Hay que poner fin a las rebajas de condena y se deben aceptar las declaraciones de las mujeres en casos de agresiones y violaciones".
Según las feministas, las leyes en Turquía respecto a la violencia machista no son malas; lo que falla es su aplicación.
Las redes sociales han articulado en esta semana un movimiento social de rechazo al acoso y la violencia machista que va mucho más allá de los grupos feministas que llevan años denunciando esta lacra. (I)

martes, 22 de diciembre de 2015


Maltratadoras

El mito del «síndrome del marido maltratado». Últimamente casi siempre que se habla del tema de la violencia de género en público, ya sea en una emisora de radio, una conferencia o un curso, aparece alguien interesándose por los hombres maltratados. Estas intervenciones afirman que hay casi tantos como mujeres y que, por otra parte, las mujeres suelen maltratar más psicológicamente. Vamos a intentar aclarar en este capítulo de dónde proviene el mito del hombre maltratado por la mujer, y qué ocurre en realidad con los malos tratos ejercidos por mujeres. 

Jack C. Straton, Ph.D., profesor de la Universidad de Portland, participa con varios artículos en la valiosa web europea «European men profeminist» (www.eufoprofem.org). Recomiendo encarecidamente esta página porque abre una vía de esperanza con planteamientos muy correctos sobre una nueva masculinidad. 

Según explica Straton, es tal el encarnizamiento supuestamente humanitario y científico del Lobby masculino, que pretenden que se desvíen parte de los fondos dedicados a la asistencia a mujeres maltratadas y a casas de acogida, a servicios y casas para hombres maltratados por las mujeres. Por otra parte, están dedicando tiempo y dinero a investigaciones pseudocientíficas que intentan demostrar que los malos tratos son equiparables entre hombres y mujeres. El ataque más vengativo contra la seguridad de la mujer es el mito de que el hombre es maltratado con la misma frecuencia que ella. 

En 1980 y 1985 Straus, Gelles y Steinmetz publicaron en Estados Unidos estudios de conflictos entre esposos, obteniendo que las tasas de violencia eran casi las mismas para hombre y mujer. Presentaron como prueba los resultados del CTS,18 primer instrumento psicométrico que supuestamente medía violencia física y psicológica ente hombre y mujer. 

Científicos serios e impecables, de credibilidad ampliamente reconocida como Emerson, Russell Dobash y Edward Gondolf, y de ambos géneros por si cupiera la duda del prejuicio, dicen que los trabajos de Straus son falsa ciencia, con hallazgos y conclusiones que son contradictorios, inconsistentes y gratuitos. 

Straus presenta un conjunto de preguntas que no discriminan entre intento y efecto. Iguala a una mujer que empuja a su pareja en defensa propia al hombre que la tira por las escaleras. Etiqueta a una madre de violenta si defiende a su hija del acoso sexual del padre. Combina categorías como «pegar» e «intentar pegar» a pesar de la importante diferencia entre ellas. Como sólo estudia un año de convivencia, iguala una simple bofetada de la mujer al hombre, con quince años de terrorismo doméstico. Incluso la misma Steinmetz dice que el CTS ignora la diferencia entre una bofetada dolorosa y un puñetazo que causa una lesión permanente. 

Straus sólo entrevistaba a uno de los componentes de la pareja. Otros estudios que entrevistaron independientemente a los dos componentes encontraron que sus relatos sobre la violencia no concordaban. 
Excluyó incidentes de violencia que ocurrieron después de la separación y el divorcio; aunque en ellos se contabilizaron un 75.9 % de agresiones, siendo el 93.3 % de las veces el agresor el hombre según el Departamento de Justicia de Estados Unidos. 

El estudio de Straus se basó en lo que decían los participantes, sin tener en cuenta que está demostrado que los hombres que maltratan niegan o minimizan su maltrato en un 50%. 

Los hombres que aterrorizan sistemáticamente a sus esposas difícilmente van a estar de acuerdo en participar en un estudio como éste, y las mujeres a las que pegan probablemente sentirían pánico ante la posibilidad de que su marido se enterara de que había contestado a esas preguntas.

Finalmente, el CTS no incluye la agresión sexual como una categoría, aunque hay muchas más mujeres violadas por sus maridos que sólo pegadas. Ajustando las estadísticas de Straus y corrigiendo estos fallos sale una proporción de 16 a 1 para la violencia del hombre a la mujer. Según la policía y los tribunales, del 90 al 95% de las agresiones son hechas por los hombres a sus parejas. 

Straus dijo que las mujeres denunciaban más el maltrato, por lo que la muestra podía estar sesgada. Pero el análisis de Sch¬wartz20 demostró que los hombres maltratados por sus mujeres realmente denuncian con más frecuencia que las mujeres mal¬tratadas por sus maridos. 

En cualquier caso, todas las encuestas de victimización cri¬minal que hacen uso de muestras aleatorias están libres de sesgos y dan resultados similares en Estados Unidos, Canadá y Gran Bretaña. 

CÓMO PARAR LA VIOLENCIA CONTRA LOS HOMBRES 
  • El 87 % de los hombres asesinados en estados Unidos lo son por otros hombres. 
  • Los hombres matan a hombres (y mujeres y niños) en Irak, Bosnia, El Salvador, Rwanda ... 
  • Los hombres que se preocupan por los hombres maltratados deberían apuntar a los verdaderos enemigos: nosotros mismos. 


Por supuesto, los pocos hombres (4 %) auténticamente maltratados por sus mujeres son dignos de compasión, pero es mucho más lógico y sensato focalizar nuestra atención y trabajo en el vasto problema de la violencia masculina (96 % de la violencia doméstica). 

Es obvio que los estudios sobre violencia doméstica producen diferentes resultados según el método utilizado y parece que pretendidos científicos eligen el método en consonancia con su ideología. Hay investigadores que se fijan sólo en los actos concretos de violencia, ignorando su contexto, sus antecedentes, su contexto social, político y económico, y especialmente el hecho de que los hombres suelen tener más poder que las mujeres tanto en ámbitos públicos como privados. Si la investigación no tiene en cuenta estos factores se hace daño a la ciencia, a la sociedad y a los derechos humanos de las víctimas de la violencia, enmascarando el problema y promocionando la ideología patriarcal. 

Cuando las mujeres agreden. Aunque hombres y mujeres pueden pegarse unos a otros, las mujeres inevitablemente sufren unas consecuencias físicas mayores. Además, las mujeres maltratadas sufren más consecuencias emocionales y psicológicas que los hombres.

¿Cuáles son las diferencias entre el maltrato masculino y el femenino? 

Según Dale Bagshaw y Donna Chung, de la Universidad South Australia,21 las formas en las que las víctimas masculinas experimentan la violencia doméstica difieren de cómo la experimentan las mujeres. Los hombres... 
  • Relatan que no vivían en un continuo estado de terror de la agresora. 
  • No tenían experiencias previas de malos tratos. 
  • Raramente experimentaron violencia después de la separación (en el único caso del estudio en que se relató, fue mucho menos severa que en la violencia ejercida por los varones contra las mujeres). 
  • No se sentían intimidados o temerosos, sino más bien coléricos ante la violencia de ella. 


Aunque hay evidencias de que ambos, hombre y mujer, se comportan a veces violentamente en sus relaciones, la naturaleza y las consecuencias de la violencia de la mujer no son equivalentes en absoluto a las del hombre:

  1. La violencia del hombre es más severa. 
  2. Es más probable que las mujeres sean asesinadas por su pareja actual o anterior, que por otra persona. 
  3. La mayoría de homicidios de hombres son realizados por otros hombres, en lugares públicos y casi siempre con la excusa del alcohol. 
  4. Las principales razones por las que el hombre mata a su pareja mujer son porque ella lo deja y por celos. Sin embargo, las mujeres que matan a sus parejas tienen una historia previa de violencia doméstica con ellas, en más del 70 % de los casos. La mitad de los asesinatos al marido ocurre como reacción a una amenaza inmediata de ataque por parte de él. 
  5. La violencia psicológica del hombre hacia la mujer consiste en control, humillación y dominación, por medio del miedo y la intimidación. 
  6. La violencia psicológica de la mujer hacia el hombre consiste en una expresión de la frustración en respuesta a su dependencia, estrés o rechazo a aceptar una posición sumisa de menos poder. 
  7. Análisis de los datos sobre homicidios sugieren que las mujeres usan la violencia principalmente como defensa propia, y en segundo lugar como represalia después de años de brutal victimización. Además, es seis veces más probable que las mujeres sean lesionadas a que lo sean los hombres.


Cuando las mujeres matan. El Clemency Project de Illinois es un proyecto para la liberación de prisión de mujeres maltratadas que han matado o lesionado a sus compañeros maltratadores. En su página web, entre otras muchas cosas, presentan algunos datos sobre mujeres que han matado a sus compañeros maltratadores y hacen un acertado análisis de las diferentes defensas posibles de una mujer maltratada cuando mata a su compañero. 

DATOS SOBRE LAS MUJERES QUE MATAN A SUS MALTRATADORES 
  • El 90 % de las mujeres que están en prisión por matar a un hombre habían sido maltratadas por ese hombre. 
  • La condena media (en Michigan) para un hombre que mata a su compañera es de 2 a 6 años. La condena media para una mujer que mata a su compañero es de 15 a 17 años. 
  • Los fiscales y jueces mostraban su desconocimiento de la violencia de género, cuando repetidamente recriminaban a la mujer maltratada por no dejar a su compañero. Una mujer maltratada que consigue finalmente dejar la relación, antes suele haber hecho de cinco a siete intentos de irse, solamente irse; nunca es tan fácil para estas mujeres como sugiere el fiscal. El vínculo traumático puede no ser la única razón para que la mujer se resista a dejar al maltratador. Ella puede tener la convicción, totalmente razonable, de que si lo deja la lesionará o matará. 
  • Según Sir William Blackstone, cuando un marido mata a su mujer es comparable a matar a un extraño; pero cuando ella lo mata a él es comparable a traición por matar al rey. 

lunes, 21 de diciembre de 2015

Diferencia entre machismo y feminismo.

Dentro de cada sociedad, los seres humanos se forman ideas, esquemas mentales y estereotipos de diferentes cosas, en muchos casos debido a la ignorancia y en otros a la simple adversión. Desde tiempos milenarios, las personas (o por lo menos muchas de ellas) han regido su vida y en ocasiones la de los demás; basándose en ideas erróneas acerca de la posición que cada cual tiene dentro del sistema social.
Sin duda alguna, entre las ideas que en muchas culturas han tenido y siguen teniendo gran cantidad de personas, está la de los roles que debe desempeñar cada persona dependiendo de su sexo; pero aunque está claro que los hombres y las mujeres tienen ciertas diferencias (sobre todo biológicas), en la mayoría de los casos, esta idea se ha llevado al plano social; provocando que a veces se discrimine y abuse de ciertas personas únicamente por ser de determinado sexo.Una de las actitudes más peligrosas la constituye el machismo, el cual puede tener muchas causas; pero suele tener cierta relación con algunas creencias religiosas; aunque es importante aclarar que no es sólo la religión la fuente de éste, porque también podría pensarse que el machismo ha ejercido influencia en esta última.Con el paso del tiempo y la incursión de las mujeres en el campo laboral, empiezan a surgir movimientos feministas que proponen y reclaman los derechos de las mujeres y su igualdad social frente al hombre. Esto como una manera de combatir muchos abusos cometidos contra las mujeres, por individuos con actitudes machistas.A continuación veremos cuáles son algunas de las diferencias entre el machismo y el feminismo y qué es lo que propone cada uno.

Machismo

El machismo es la creencia de que el hombre es superior a la mujer y que ésta debe ocupar siempre un lugar por debajo del de los individuos del sexo masculino. En algunas ocasiones puede ser tan extremo que conduce a un desprecio total hacia las mujeres y todo lo relacionado con el sexo femenino (misoginia). Sin embargo no debe confundirse el machismo con la misoginia, porque en el primero sólo se considera que la mujer es inferior al hombre, pero no se le odia; mientras que en el caso de la misoginia es una aversión extrema hacia las mujeres.

Feminismo

Contrario a lo que una gran cantidad de personas cree, el feminismo no proclama que la mujer está por encima del hombre o que tiene más derechos que éste. Lo que las feministas buscan es la igualdad en derechos entre el hombre y la mujer; por lo cual se oponen a que se considere a la mujer como un ser discapacitado frente al hombre. Aunque se considera al feminismo como una doctrina moderna, a lo largo de la historia se han dado casos de mujeres y hasta hombres que han abogado por la igualdad entre ambos sexos.