El machismo de todos nosotros. 57 pautas de conducta machista en la vida cotidiana
El lenguaje no puede reparar los estragos del machismo y, si se le encomiendapolíticamente esa función con carácter coactivo, el machismo seguirá vivo, pero el lenguaje se degradará.
Esa es, a mi juicio, la conclusión esencial del informe de Ignacio Bosque, suscrito por todos los académicos de la Lengua asistentes a la sesión del 1 de marzo de 2012. Mi intención inicial era abandonar rápidamente el tema del lenguaje y pasar al de las conductas machistas, pero no debo hacerlo sin decir tres cosas. En primer lugar, el informe de Ignacio Bosque me parece irreprochable, fundado y meritorio, porque ha desmontado pieza a pieza muchos tópicos de corrección político-lingüística, con un temple y un respeto formal dignos de admiración, y reorienta implícitamente el núcleo de la lucha contra el machismo al ámbito extralingüístico o, como mínimo, demuestra los límites intrínsecos del lenguaje como instrumento supuestamente facilón de lucha contra el machismo.
En segundo lugar, considero que combatir el machismo con el lenguaje tiene mejores caminos que la duplicación robótica del masculino y el femenino a la que tanto amor aparente demuestran los propagandistas de la corrección política. Son los mismos que dejan de lado el tema fundamental de las formas no marcadas, perfectamente explicadas por el académico Pedro Álvarez de Miranda en un excelente artículo en El País, cuando intentan balbucear en esa especie de lenguaje duplicado y binario, ortopédicamente superpuesto a lo que llamamos idioma a secas. Siempre que estén las cámaras o el público delante, porque me cuesta un poquito creer que en la intimidad aznariana se digan uno a otro: “¿Qué les damos de cenar hoy a los niños y niñas?” o “No sabes lo revoltosos y revoltosas que han estado esta tarde los niños y niñas con sus amigos y amigas”. Y lo dudo por una razón empírica: hablar como ellos proponen es imposible si a uno no le enseñan desde la cuna (y habría que verlo).
Tercero. Les propongo una pesadilla. Imagínense que el genio del idioma decidiera darles la razón a los prescriptores del lenguaje o/a y, por arte de magia, todos los libros de sus bibliotecas personales se metamorfosearan y quedaran reescritos en o/a.¿No se lo pensarían dos veces antes de releer sus libros más queridos? Acabaríamos con los bosques y con los bytes, y, además, yo creo que no lo superaría. O, bajando a tierra, ¿se imaginan estar media hora viendo su serie favorita en televisión o siguiendo el debate sobre el estado de la nación en lenguaje o/a? Me rindo de antemano. Llámenme machista, que ya es llamar, pero, por favor, no me obliguen a pasar por ese trance.
En definitiva, el informe de la Academia ha puesto en el candelero el lenguaje y su compleja relación con el machismo, y ha demostrado que la alternativa o/a no es ninguna solución, sino un estrafalario problema sin solución. Con todo, si queremos analizar el tema del machismo de forma más eficaz, creo que debemos apuntar a otro lado: las conductas machistas no percibidas como tales.
Y a ello voy, al machismo de todos nosotros, a ese que comparte con las bacterias y los anuncios navideños de perfumes al menos dos características: la ubicuidad y la aparente imposibilidad de ser erradicado. De hecho, milenios de historia destilan la desalentadora duda metafísica sobre su extirpación, habida cuenta de nuestra diferenciación sexual. Ahora bien, pasar de la dificultad de su eliminación a la imposibilidad de una sustancial reducción es un salto demasiado obsceno que solo se atreven a dar quienes sacan partido de él (generalmente, pero no solo, hombres).
Debo reconocer que no conozco a nadie inmune al machismo en cualquiera de sus manifestaciones, lo que constituye un mal punto de partida para un artículo sobre el asunto. En primer lugar, por el reconocimiento implícito de culpa que conlleva, y, a renglón seguido, por el estupor que producirá esa afirmación en los hombres que no se consideran machistas, previsiblemente los únicos con un mínimo interés por seguir leyendo. A las mujeres, que, en mi opinión, no están menos expuestas al virus que los hombres, les presupongo un grado de interés superior y, modestamente, considero útil que aprovechen la oportunidad para contrastar las ideas de un hombre sobre esa epidemia que tantos estragos nos produce como civilización.
El diagnóstico de las actitudes machistas tropieza de entrada con dificultades nada despreciables que complican la lucha contra ellas. La fundamental es que el machismo adopta muchas formas conceptualmente hablando: puede ser un tipo de personalidad más o menos normalizada, un catálogo de conductas determinadas, una ideología social, una concepción biológico-supremacista del mundo, una desviación patológica de la personalidad, una forma arrogante y despreciativa de hablar, una vulgar escusa para conseguir determinados fines egoístas e incluso una lamentable expresión del miedo al diferente, a un diferente cuyos códigos no dominamos porque no nos hemos molestado en captarlos y analizarlos. Seguramente el machismo se puede describir de unas cuantas maneras, pero una en la que deberíamos coincidir es la negación de la igualdad de derechos y obligaciones, y consecuentemente, del derecho a la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres.
La evolución social lo ha convertido en algo inconveniente en su formato más descarnado, pero no tanto en su versión refinada (la que a veces se disfraza de pseudodeferencia hacia la mujer). En otras palabras, el machismo es políticamente muy incorrecto, lo que tiene su buena cara, que poca gente alardea de él por cierto nivel de presión social, pero también su cruz, que muchas personas han aprendido a practicarlo o soportarlo en la intimidad, lo que hace más complejo detectarlo y combatirlo.
Esta es la segunda gran dificultad, porque nuestra experiencia cotidiana, sobre todo en los ámbitos urbanos del primer mundo, demuestra que no se encuentra así como así a alguien que haga autocrítica y propósito de la enmienda respecto a su propia mentalidad o actitudes machistas. Somos conscientes de lo mal que hablamos inglés, del poco ejercicio que hacemos, de lo desconsiderados que somos con nuestra abuela o de tantas otras cuestiones que nos provocan los mejores propósitos de año nuevo, pero qué improbable es oír a alguien: “Tengo que intentar cambiar esta parte de mi mentalidad, porque es machista”. Es un mea culpa que jamás he oído, y claro que conozco a decenas de machistas, la mayor parte de ellos camuflados.
Hay otra peculiaridad que, si nos ceñimos estrictamente a las relaciones de pareja, complica el diagnóstico y las medidas terapéuticas. La confianza mutua para pedir favores serviciales, la disponibilidad semigenéticamente asumida por muchas mujeres, la intencionada tolerancia con las carencias del hombre, y la propia intimidad de la relación no son un caldo de cultivo adecuado para propiciar medidas correctoras. En estos casos, las consecuencias son particularmente lamentables, pues, al daño infligido en el círculo reducido de la pareja se suma a menudo el ponzoñoso ejemplo dado a los hijos. Todo el mundo sabe que se aprende infinitamente mejor lo que se ve que lo que se oye, así que no hay que extenderse mucho en la explicación acerca de cómo un ejemplo de machismo familiar puede degradar la mentalidad de un niño. No es una regla matemática, pero sí un riesgo considerable.
El retrato del machista es fácil de hacer en términos de caricatura o en su versión más cruda, la de aquel que hace ostentación de su compacta ideología hostil hacia las mujeres, de su desprecio hacia el otro sexo. Quien más quien menos conoce a uno de estos ejemplares zoológicos, y no aportaría mucho caracterizarlos ahora. No es mi objetivo hacer una académica disección de estos cavernícolas frente a los que casi todos tenemos sistemas de alerta. Soy consciente de que suena cínico, e incluso cruel, pero, exclusión hecha de los aspirantes a asesinos y maltratadores, aquellos son los que menos me preocupan. Son dinosaurios que acabarán extinguiéndose si no evolucionan, aunque cualquier tiempo que tarden en extinguirse es demasiado largo.
Aparte de los asesinos y maltratadores, los que me preocupan de verdad son los machistas evolucionados. Y también las mujeres instaladas en unas desiguales relaciones machistas que, por algún motivo, no tienen mayor interés en redefinir. Estas últimas podrían ser motivo de otra reflexión, porque creo que sería confuso mezclar estas dos categorías y, habida cuenta de que hacen mucho más daño los verdugos enmascarados que las víctimas conformistas, me centraré en esos hombres que llamo machistas evolucionados y que, en mi opinión, pueden ser de dos clases: los que saben que lo son, pero se camuflan habilidosamente, y los que no saben que lo son, porque carecen de sensibilidad para observar sus propios síntomas.

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